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Mar-12-10

El origen del sacerdocio cristiano

posted by antonella

sacerdocio

Nadie es sacerdote a título propio, sino que participa de sacerdocio de Cristo

Con motivo del año sacerdotal convocado por Benedicto XVI, desde www.primeroscristianos.com hemos entrevistado al profesor Francisco Varo, Doctor en Filología Bíblica por la Universidad Pontificia de Salamanca, en Teología por la Universidad de Navarra y experto en Sagrada Escritura, para preguntarle acerca del origen del sacerdocio cristiano.

- ¿CÓMO SE EXPLICA QUE JESÚS NUNCA SE REFIRIERA A SÍ MISMO COMO «SACERDOTE»?

El sacerdote es, ante todo, un mediador entre Dios y los hombres. Alguien que hace presente a Dios entre las personas, y a la vez, alguien que presenta ante Dios las necesidades de todos e intercede por ellos. Jesús, que es Dios y hombre verdadero, es el más auténtico sacerdote.

Sin embargo, conociendo los derroteros que había tomado el sacerdocio israelita en su época, limitado a la realización de unas ceremonias en las que se sacrificaban unos animales en el Templo, pero con el corazón más atento de ordinario a las intrigas políticas y al afán de poder personal, no sorprende que Jesús nunca se presentara como sacerdote. El suyo no era un sacerdocio como el que se veía en los sacerdotes del Templo de Jerusalén. Además, a sus contemporáneos parecía evidente que no lo era, ya que según la Ley el sacerdocio estaba reservado a los miembros de la tribu de Leví y Jesús era de la tribu de Judá.

Su figura era mucho más próxima a la de los antiguos profetas, que predicaban la fidelidad a Dios (y en algunos casos como Elías y Eliseo realizaron milagros), o sobre todo, de la figura de los maestros itinerantes que iban por ciudades y aldeas rodeados con un grupo de discípulos a los que enseñaban y a cuyas sesiones de instrucción permitían acercarse a la gente. De hecho, los Evangelios reflejan que cuando la gente hablaba a Jesús se dirigían a él llamándolo «Rabbí» o «Maestro».

- PERO JESÚS, ¿REALIZÓ TAREAS PROPIAMENTE SACERDOTALES?

Desde luego. Es propio del sacerdote acercar Dios a la gente, y a la vez ofrecer sacrificios a favor de los hombres. La cercanía de Jesús a la humanidad necesitada de salvación y su intercesión para que pudiésemos alcanzar la misericordia de Dios, culmina en el sacrificio de la Cruz.

Precisamente ahí surge un nuevo choque con la práctica del sacerdocio propia de aquel momento. La crucifixión no podía ser considerada por aquellos hombres como una ofrenda sacerdotal, sino todo lo contrario. Lo esencial del sacrificio no eran los sufrimientos de la víctima, ni su propia muerte, sino la realización de un rito en las condiciones establecidas, en el Templo de Jerusalén. La muerte de Jesús se presentaba ante sus ojos de un modo muy distinto: como la ejecución de un condenado a muerte, realizada fuera de los muros de Jerusalén, y que en vez de atraer la benevolencia divina se consideraba -sacando de contexto un texto del Deuteronomio (Dt 21,23)- que era objeto de maldición.

Una interpretación precipitada, que sólo atendiese a los factores externos que caracterizaban la institución sacerdotal, podría concluir que el acontecimiento del Gólgota hacía aún mayor la distancia entre Jesús y el sacerdocio.

- ¿SE EMPEZÓ A HABLAR DE «SACERDOTES» YA DESDE LOS COMIENZOS DE LA IGLESIA?

En los momentos que siguieron a la Resurrección y Ascensión de Jesús a los cielos, tras la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, los Apóstoles comenzaron a predicar, y con el paso del tiempo fueron asociando colaboradores a su tarea. Pero si el mismo Jesucristo no se había designado nunca como sacerdote, era lógico que tal denominación ni se les ocurriera utilizarla a sus discípulos para hablar de sí mismos en esos primeros momentos.

De hecho, las tareas que realizaban tenían poco que ver con las que los sacerdotes judíos desempeñaban en el Templo. Por eso utilizaron otros nombres que designaran más descriptivamente sus funciones en las primeras comunidades cristianas: apóstolos que significa «enviado», epíscopos que significa «inspector», presbýteros «anciano» o diákonos «servidor, ayudante», entre otros.

No obstante, al reflexionar y explicar las tareas de esos «ministros» que son los Apóstoles o que ellos mismos fueron instituyendo, se percibe que se trata de funciones realmente sacerdotales, aunque tienen un sentido diverso de lo que había sido característico del sacerdocio israelita.

- ¿CUÁL ES ESE «SENTIDO NUEVO» DEL SACERDOCIO CRISTIANO?

Ese «sentido nuevo» se puede apreciar ya, por ejemplo, cuando San Pablo habla de sus propias tareas al servicio de la Iglesia. En sus cartas, para describir su ministerio emplea un vocabulario que es claramente sacerdotal, pero que no se refiere a un sacerdocio con personalidad propia, sino a una participación del Sumo Sacerdocio de Cristo Jesús.

En este sentido, San Pablo no pretende asemejarse a los sacerdotes de la Antigua Alianza, pues su tarea no consiste en quemar sobre el fuego del altar el cadáver de un animal para sustraerlo –«santificándolo» en su sentido ritua– de este mundo, sino en «santificar» –en otro sentido, ayudándoles a alcanzar la «perfección» al introducirlos en el ámbito de Dios– a unos hombres vivos con el fuego del Espíritu Santo, prendido en sus corazones mediante la predicación del Evangelio.

Del mismo modo, cuando escribe a los Corintios, San Pablo hace notar que ha perdonado los pecados no en su nombre, sino in persona Christi (cf. 2 Co 2,10). No se trata de una simple representación ni de una actuación «en lugar de» Jesús, pues el mismo Cristo es quien actúa con sus ministros y mediante ellos.

Se puede afirmar, por tanto, que en la primitiva Iglesia hay ministros cuyo ministerio tiene un carácter verdaderamente sacerdotal, que desempeñan diversas tareas al servicio de las comunidades cristianas, pero con un elemento común decisivo: ninguno de ellos son «sacerdotes» a título propio –ni por tanto gozan de autonomía para desempeñar un «sacerdocio» a su aire, con su sello personal–, sino que participan del sacerdocio de Cristo.

Fuente: iglesia.org

Mar-10-10

Vivir la Cuaresma de Jesús en el desierto

posted by antonella

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Homilía pronunciada por el Papa durante la celebración de la Misa de imposición de la Ceniza, en la basílica de Santa Sabina en el Aventino.

“Tu amas a todas las criaturas, Señor,
y no desprecias nada de cuanto has hecho;
tu olvidas los pecados de cuantos se convierten y los perdonas,
porque tu eres el Señor Dios nuestro” (Antífona de entrada).

Venerados hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos y hermanas

Con esta conmovedora invocación, tomada del Libro de la Sabiduría (cfr 11,23-26), la liturgia introduce la celebración eucarística del Miércoles de Ceniza. Son palabras que, de algún modo, abren todo el itinerario cuaresmal, poniendo en su fundamento la omnipotencia del amor de Dios, su absoluto señorío sobre toda criatura, que se traduce en indulgencia infinita, animada por una constante y universal voluntad de vida. En efecto, perdonar a alguien equivale a decirle: no quiero que mueras, son que vivas; quiero siempre y solo tu bien.

Esta absoluta certeza sostuvo a Jesús durante los cuarenta días transcurridos en el desierto de Judea, tras el bautismo recibido de Juan en el Jordán. Ese largo tiempo de silencio y de ayuno fue para Él un abandonarse completamente al Padre y a su designio de amor; fue un “bautismo”, es decir, una “inmersión” en su voluntad, y en este sentido, un anticipo de la Pasión y de la Cruz. Adentrarse en el desierto y permanecer mucho tiempo, solo, significaba exponerse voluntariamente a los asaltos del enemigo, el tentador que hizo caer a Adán y por cuya envidia entró la muerte en el mundo (cfr Sb 2,24); significaba entablar con él una batalla a campo abierto, desafiarlo sin otras armas que la confianza sin límites en el amor omnipotente del Padre. Me basta tu amor, me alimento de tu voluntad (cfr Jn 4,34): esta convicción habitaba la mente y el corazón de Jesús durante esa “cuaresma” suya. No fue un acto de orgullo, una empresa titánica, sino una decisión de humildad, coherente con la Encarnación y el bautismo en el Jordán, en la misma línea de obediencia al amor misericordioso del Padre, que “tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo unigénito” (Jn 3,16).

Todo esto el Señor Jesús lo hizo por nosotros. Lo hizo para salvarnos, y al mismo tiempo para mostrarnos el camino para seguirle. La salvación, de hecho, es don, es gracia de Dios, pero para tener efecto en mi existencia requiere mi consentimiento, una acogida demostrada en los hechos, es decir, en la voluntad de vivir como Jesús, de caminar tras Él. Seguir a Jesús en el desierto cuaresmal es por tanto condición necesaria para participar en su Pascua, en su “éxodo”. Adán fue expulsado del Paraíso terrestre, símbolo de la comunión con Dios; ahora, para volver a esta comunión y por tanto a la vida verdadera, es necesario atravesar el desierto, la prueba de la fe. ¡No solos, sino con Jesús! Él – como siempre – nos ha precedido y ha vencido ya el combate contra el espíritu del mal. Este es el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos invita a renovar la elección de seguir a Cristo por el camino de la humildad para participar en su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.

En esta perspectiva se comprende también el signo penitencial de las Cenizas, que son impuestas sobre la cabeza de cuantos inician con buena voluntad el itinerario cuaresmal. Es esencialmente un gesto de humildad, que significa: me reconozco por lo que soy, una criatura frágil, hecha de tierra y destinada a la tierra, pero también hecha a imagen de Dios y destinada a Él. Polvo, sí, pero amado, plasmado por su amor, animado por su soplo vital, capaz de reconocer su voz y de responderle; libre y, por esto, capaz también de desobedecerle, cediendo a la tentación del orgullo y de la autosuficiencia. Esto es el pecado, enfermedad mortal entrada bien pronto a contaminar la tierra bendita que es el ser humano. Creado a imagen del Santo y del Justo, el hombre perdió su propia inocencia y ahora puede volver a ser justo solo gracias a la justicia de Dios, la justicia del amor que – como escribe san Pablo - “se manifestó por medio de la fe en Cristo” (Rm 3,22). De estas palabras del Apóstol tomé la inspiración para mi Mensaje, dirigido a todos los fieles con ocasión de esta Cuaresma: una reflexión sobre el tema de la justicia a la luz de las Sagradas Escrituras y de su cumplimiento en Cristo.

También en las lecturas bíblicas del Miércoles de Ceniza está bien presente el tema de la justicia. Ante todo, la página del profeta Joel y el Salmo responsorial – el Miserere – forman un díptico penitencial, que pone de manifiesto cómo en el origen de toda injusticia material y social está la que la Biblia llama “iniquidad”, es decir, el pecado, que consiste fundamentalmente en una desobediencia a Dios, es decir, una falta de amor. “Pues mi delito yo lo reconozco, / mi pecado sin cesar está ante mí; / contra ti, contra ti solo he pecado, / lo malo a tus ojos cometí” (Sal 50/51,5-6). El primer acto de justicia es por tanto reconocer la propia iniquidad, es reconocer que está arraigada en el “corazón”, en el centro mismo de la persona humana. Los “ayunos”, los “llantos”, los “lamentos” (cfr Jl 2,12) y toda expresión penitencial tienen valor a los ojos de Dios sólo si son el signo de corazones verdaderamente arrepentidos. También el Evangelio, tomado del “sermón de la montaña”, insiste en la exigencia de practicar la propia “justicia” - limosna, oración, ayuno – no ante los hombres sino solo a los ojos de Dios, que “ve en lo secreto” (cfr Mt 6,1-6.16-18). La verdadera “recompensa” no es la admiración de los demás, sino la amistad con Dios y la gracia que deriva de ella, una gracia que da fuerza para cumplir el bien, para amar también a quien no lo merece, de perdonar a quien nos ha ofendido.

La segunda lectura, el llamamiento de Pablo a dejarnos reconciliar con Dios (cfr 2 Cor 5,20), contiene una de las célebres paradojas paulinas, que reconduce toda la reflexión sobre la justicia al misterio de Cristo. Escribe san Pablo: “A quien no conoció pecado – es decir, a su Hijo hecho hombre – le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21). En el corazón de Cristo, es decir, en el centro de su Persona divino-humana, se jugó en términos decisivos y definitivos todo el drama de la libertad. Dios llevó a las consecuencias extremas su propio designio de salvación, permaneciendo fiel a su amor aun a costa de entregar a su Hijo unigénito a la muerte, y a la muerte de cruz. Como he escrito en el Mensaje cuaresmal, “aquí se revela la justicia divina, profundamente diversa de la humana… Gracias a la acción de Cristo, podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cfr Rm 13,8-10)”.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma alarga nuestro horizonte, nos orienta hacia la vida eterna. En esta tierra estamos en peregrinación, “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro”, dice la Carta a los Hebreos (Hb 13,14). La Cuaresma da a entender la relatividad de los bienes de esta tierra y así nos hace capaces de las renuncias necesarias, libres para hacer el bien. Abramos la tierra a la luz del cielo, a la presencia de Dios en medio de nosotros. Amén.

Fuente: iglesia.org

Mar-4-10

Viviendo este tiempo

posted by antonella

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Durante este tiempo especial de purificación, contamos con una serie de medios concretos que la Iglesia nos propone y que nos ayudan a vivir la dinámica cuaresmal.

Ante todo, la vida de oración, condición indispensable para el encuentro con Dios. En la oración, si el creyente ingresa en el diálogo íntimo con el Señor, deja que la gracia divina penetre su corazón y, a semejanza de Santa María, se abre la oración del Espíritu cooperando a ella con su respuesta libre y generosa (ver Lc 1,38).

Asimismo, también debemos intensificar la escucha y la meditación atenta a la Palabra de Dios, la asistencia frecuente al Sacramento de la Reconciliación y la Eucaristía, lo mismo la práctica del ayuno, según las posibilidades de cada uno.

La mortificación y la renuncia en las circunstancias ordinarias de nuestra vida, también constituyen un medio concreto para vivir el espíritu de Cuaresma. No se trata tanto de crear ocasiones extraordinarias, sino más bien, de saber ofrecer aquellas circunstancias cotidianas que nos son molestas, de aceptar con humildad, gozo y alegría, los distintos contratiempos que se nos presentan a diario. De la misma manera, el saber renunciar a ciertas cosas legítimas nos ayuda a vivir el desprendimiento y ser más libres.

De entre las distintas practicas cuaresmales que nos propone la Iglesia, vivir la caridad ocupa un lugar especial. Así nos lo recuerda San León Magno: «estos días cuaresmales nos invitan de manera apremiante el ejercicio de la caridad; si deseamos llegar a la Pascua santificados en nuestro ser, debemos poner un interés especialísimo en la adquisición de esta virtud, que contiene en si a las demás y cubre multitud de pecados».

Esta vivencia de la caridad debernos vivirla de manera especial con aquel a quien tenemos más cerca, en el ambiente concreto en el que nos movemos. Así, vamos construyendo en el otro «el bien más precioso y efectivo, que es el de la coherencia con la propia vocación cristiana» (Juan Pablo II).

Cómo vivir la Cuaresma

1. Arrepintiéndome de mis pecados y confesándome .

Pensar en qué he ofendido a Dios, Nuestro Señor, si me duele haberlo ofendido, si realmente estoy arrepentido. Éste es un muy buen momento del año para llevar a cabo una confesión preparada y de corazón. Revisa los mandamientos de Dios y de la Iglesia para poder hacer una buena confesión. Ayúdate de un libro para estructurar tu confesión. Busca el tiempo para llevarla a cabo.

2. Luchando por cambiar

Analiza tu conducta para conocer en qué estás fallando. Hazte propósitos para cumplir día con día y revisa en la noche si lo lograste. Recuerda no ponerte demasiados porque te va a ser muy difícil cumplirlos todos. Hay que subir las escaleras de un escalón en un escalón, no se puede subir toda de un brinco. Conoce cuál es tu defecto dominante y haz un plan para luchar contra éste. Tu plan debe ser realista, práctico y concreto para poderlo cumplir.

3. Haciendo sacrificios

La palabra sacrificio viene del latín sacrum-facere, que significa «hacer sagrado». Entonces, hacer un sacrificio es hacer una cosa sagrada, es decir, ofrecerla a Dios por amor. Hacer sacrificio es ofrecer a Dios, porque lo amas, cosas que te cuestan trabajo. Por ejemplo, ser amable con el vecino que no te simpatiza o ayudar a otro en su trabajo. A cada uno de nosotros hay algo que nos cuesta trabajo hacer en la vida de todos los días. Si esto se lo ofrecemos a Dios por amor, estamos haciendo sacrificio.

4. Haciendo oración

Aprovecha estos días para orar, para platicar con Dios, para decirle que lo quieres y que quieres estar con Él. Te puedes ayudar de un buen libro de meditación para Cuaresma.

 

Fuente: iglesia.org

Feb-25-10

La vocación explicada

posted by antonella

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PARTE I

Al comenzar el año en el que Benedicto XVI desea dedicar a redescubrir la belleza de la vocación sacerdotal, no parece descabellado sacar a la luz textos, con una fuerza impresionante, de Benedicto XVI y de Juan Pablo II que, bien en las Jornadas Mundiales de la Juventud como en otras reuniones con jóvenes, han removido tantas almas para conseguir, con la gracia de Dios y su ejemplo, levas de sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos, etc., que ahora desde sus parroquias, conventos o en medio del mundo extienden el reino de Dios.

La vida es una vocación en sí misma. L. J. Trese pone un ejemplo atractivo que ayuda a entender la amorosa razón divina de nuestra existencia. Imaginemos –dice él– al director de una colosal superproducción cinematográfica ocupado en la tarea de elegir un actor. Frente a su enorme mesa de trabajo yacen miles de docenas de fotos que sus agentes le presentan. El suelo está empapelado de fotos desechadas. Al cabo de un rato, escoge una de ellas, la contempla detenidamente y habla a su secretaria: «Llámela y cítela aquí mañana».

Aunque imperfecta la analogía vale. Allá en lo profundo de la eternidad –hablando a lo humano–, Dios proyectó el Universo entero y escogió a todos los protagonistas del gran argumento de todos los tiempos. Ante su divina mente fueron desfilando las ilimitadas almas en número que Él podía crear. Cuando se topó con tu imagen, se detuvo y dijo: Ésta es un alma que me mueve a amarla… La necesito para que desarrolle un papel único, personal y, luego, si ella quiere la adopto como hija para que goce de mi presencia durante toda la eternidad… Sí, la voy a crear.

«Mi pensamiento se va a los numerosos jóvenes sedientos de valores y a menudo incapaces de encontrar el camino que lleva a ellos. Sí, únicamente Cristo es el camino, la verdad y la vida. Por eso, es necesario ayudarles a encontrar al Señor y entablar con él una relación profunda. Jesús debe entrar en el mundo, asumir su historia y abrir su corazón, para que aprendan a conocerlo cada vez más, a medida que siguen las huellas de su amor» [1].

«Me dirijo sobre todo a vosotros, queridísimos chicos y chicas, jóvenes y menos jóvenes, que os halláis en el momento decisivo de vuestra elección. Quisiera encontrarme con cada uno de vosotros personalmente, llamaros por vuestro nombre, hablaros de corazón a corazón de cosas extremadamente importantes, no sólo para vosotros individualmente, sino para la humanidad entera. Quisiera preguntaros a cada uno de vosotros: ¿Qué vas hacer de tu vida? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Has pensado alguna vez en entregar tu existencia totalmente a Cristo? ¿Crees que pueda haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?» [2].

Pero hay que comenzar por los cimientos: la familia. Juan Pablo II era consciente de la resistencia que a veces ofrecen los padres cristianos a la vocación de algún hijo suyo. El temor a que sea agua de borrajas y tenga una frustración, que la «novela» que habían trenzado de los estudios, la continuidad de la empresa familiar, etc., se haga añicos en un mar de incertidumbre. Juan Pablo II elevaba a las familias cristianas por la estratosfera del agradecimiento a Dios al haber elegido a algunos miembros para Él en ese hogar.

«Para el hombre –decía Juan Pablo II–, engendrar un hijo es, sobre todo, recibirlo de Dios: se trata de acoger como un don de Dios la criatura que él engendra». Por esta razón, los hijos pertenecen antes a Dios que a sus mismos padres: y esta verdad es muy rica en implicaciones tanto para los unos como para los otros.

«Sed instrumentos del Padre celestial en la obra de formar a los propios hijos. Pero ahí se sitúa además el límite insuperable que los padres deben respetar en el cumplimiento de su misión. Los padres no podrán nunca sentirse dueños de sus hijos, sino que deberán educarlos prestando atención constante a la relación privilegiada que los hijos tienen con el Padre celestial, del cual, más que de sus padres terrenos, deben ocuparse en definitiva, como Jesús» [3].
Pensando en ellos les decía abiertamente. «Me dirijo también a los padres. Que en vuestro corazón no falten nunca la fe y la disponibilidad, cuando el Señor os bendiga llamando uno de vuestros hijos o de vuestras hijas a un servicio misionero. Sabed dad gracias. Más aún, preparad esa llamada con la oración familiar, con una educación llena de estímulo y entusiasmo, con el ejemplo diario de la atención a los demás, con la participación en las actividades parroquiales y diocesanas, colaborando en las asociaciones y en el voluntariado» [4].

«La familia que cultiva el espíritu misionero con su estilo de vida y su educación, prepara el buen terreno para la semilla de la llamada divina y, al mismo tiempo refuerza los lazos afectivos y las virtudes cristianas de sus miembros» [5]. «La familia cristiana, en cuanto Iglesia doméstica, constituye la escuela primigenia y fundamental para la formación de la fe. El padre y la madre reciben, en el sacramento del Matrimonio, la gracia y la responsabilidad de la educación cristiana en relación con los hijos, a los que testifican y transmiten a la vez los valores humanos y religiosos. Aprendiendo las primeras palabras, los hijos aprenden también a alabar a Dios, al que sienten cercano como Padre amoroso y providente; aprendiendo los primeros gestos de amor, los hijos aprenden también a abrirse a los otros, captando en la propia entrega el sentido del humano vivir» [6].

La edad de la primera juventud es época de especial generosidad, irrepetible de manera natural, en la que se pueden tomar decisiones que conformen toda una vida de felicidad –sin que falte la sal del sufrimiento–, si nos dejamos llevar por grandes ideales. Sólo se hacen realidad los sueños en los «soñadores». Sueña con una Europa unida si quieres que haya una Europa unida decía Havel. Es entonces cuando la mirada interior se extiende hacia horizontes ilimitados, de grandes esperanzas, aspiraciones y el planeo constante del temor. Pero en medio de todas las contradicciones de la vida, ¿quién no busca el significado verdadero de la vida? Nos maravillamos y nos preguntamos, tantos porqués. ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué existo? ¿Qué debo hacer? Todos nos planteamos estas cuestiones. «La humanidad entera siente la necesidad apremiante de dar un sentido y una finalidad a un mundo en el que aumenta la complejidad y la dificultad de ser feliz» [7].

Dirigiéndose a sus queridos jóvenes, decía en una ocasión Juan Pablo II: «Dejaos preguntar por el amor de Cristo. Reconoced su voz que resuena en el templo de vuestro corazón. Acoged su mirada luminosa y penetrante, que abre los caminos de vuestra vida a los horizontes de la misión de la Iglesia. Una misión empeñada, hoy más que nunca, en enseñar al hombre su verdadero ser, su fin, su destino y en revelar a las almas fieles las inefables riquezas del amor de Cristo. No tengáis miedo a la radicalidad de sus exigencias, porque Jesús, que os amó primero, está dispuesto a daros Él todo cuanto os pide. Si os exige mucho, es porque sabe que podéis dar mucho» [8].

«No tengáis miedo de salir a las calles y a los lugares públicos, como los primeros Apóstoles que predicaban a Cristo y la buena noticia de la salvación en las plazas de las ciudades, de los pueblos, de las aldeas. No es tiempo de avergonzarse del Evangelio. Es tiempo de predicarlo desde los terrados. No tengáis miedo de romper con los estilos de vida confortables y rutinarios, para aceptar el reto de dar a conocer a Cristo en la metrópoli moderna. Debéis ir a los cruces de los caminos e invitar a todos los que encontréis al banquete que Dios ha preparado a su pueblo. No hay que esconderlo por miedo o indiferencia. El Evangelio no fue pensado para tenerlo escondido. Hay que ponerlo en el candelero, para que la gente pueda ver su luz y alabe a nuestro Padre celestial»[9].

En el Santuario de La Aparecida, en Brasil, Benedicto XVI se dirigía, entre otros, a los seminaristas: «Queridos seminaristas, también a vosotros, que ocupáis un lugar especial en el corazón del Papa, va un saludo muy fraterno y cordial. La jovialidad, el entusiasmo, el idealismo, el ánimo para afrontar con audacia los nuevos desafíos, renuevan la disponibilidad del pueblo de Dios, hacen a los fieles más dinámicos y ayudan a la comunidad cristiana a crecer, a progresar, a ser más confiada, feliz y optimista»

Fuente: iglesia.org

Feb-24-10

40 días de Cuaresma, 40 ideas del Papa

posted by antonella

cuaresma

La página web del Opus Dei ha seleccionado cuarenta frases de Benedicto XVI extraídas de sus sucesivos mensajes cuaresmales y los presenta como un bit de reflexión diaria durante este especial tiempo litúrgico de los cristianos en que se preparan para renovar la Pascua de Jesús. Este es el resultado:

1. Que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación [la confesión] y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical.(2009)

2. El ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. (2009)

3. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará”(2009)

4. Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”, con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia. (2009)

5. Ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. (2009)

6. Esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio. (2009)

7. La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. (2009)

8. Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios. (2009)

9. El ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos (…).Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. (2009)

10. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. (2009)

11. “Quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica” (San Pedro Crisólogo). (2009)

12. Que la Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. (2009)

13. La Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. (2008)

14. La limosna representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. (2008)

15. ¡Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas! (2008)

16. No somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un instrumento de su providencia hacia el prójimo. (2008)

17. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad. (2008)

18. No hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa en los cielos (2008)

19. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. (2008)

20. Quien sabe que “Dios ve en lo secreto” y en lo secreto recompensará, no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza. (2008)

21. Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (2008)

22. Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. (2008)

23. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos. (2008)

24. Podemos aprender [de Cristo] a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. (2008)

25. Que María, Madre y Esclava fiel del Señor, ayude a los creyentes a proseguir la “batalla espiritual” de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna (2008)

26. La Cuaresma es un tiempo propicio para aprender a permanecer con María y Juan, el discípulo predilecto, junto a Aquel que en la cruz consuma el sacrificio de su vida por toda la humanidad (2007)

27. En el misterio de la cruz se revela plenamente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. (2007)

28. Miremos a Cristo traspasado en la cruz. Él es la revelación más impresionante del amor de Dios (…). En la cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura: tiene sed del amor de cada uno de nosotros. (2007)

29. El Todopoderoso espera el «sí» de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa. (2007)

30. Sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros. (2007)

31. La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por él. (2007)

32. Vivamos, pues, la Cuaresma como un tiempo «eucarístico», en el que, aceptando el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y cada palabra. (2007)

33. El apóstol Tomás reconoció a Jesús como «Señor y Dios» cuando metió la mano en la herida de su costado. No es de extrañar que, entre los santos, muchos hayan encontrado en el Corazón de Jesús la expresión más conmovedora de este misterio de amor.

34. Cristo «me atrae hacia sí» para unirse a mí, a fin de que aprenda a amar a los hermanos con su mismo amor. (2007)

35. De ningún modo es posible dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres sin colmar, sobre todo, las profundas necesidades de su corazón. (2006)

36. Quien no da a Dios, da demasiado poco. (2006)

37. Es preciso ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo (2006)

38. Mientras el tentador nos mueve a desesperarnos o a confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos guarda y nos sostiene. (2006)

39. La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza (2006).

40. Aunque parezca que domine el odio, el Señor no permite que falte nunca el testimonio luminoso de su amor. A María, «fuente viva de esperanza», le encomiendo nuestro camino cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo.

Fuente: iglesia.org

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Feb-23-10

¿Por qué mortificarse?

posted by antonella

cruz

Mortificación es una palabra que viene del latín y quiere decir hacer morir (mortem facere). Entre los cristianos se emplea para designar los esfuerzos con que procuramos hacer morir en nosotros el pecado y las malas inclinaciones que nos llevan a él.

Pensad en las serias palabras que el Señor dirigió a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mi niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame (Lc 9.23). Quiero haceros notar que esa cruz de cada día es especialmente vuestra lucha cotidiana por ser buenos cristianos que os hace colaboradores en la obra de la Redención de Cristo; de esta manera contribuís a llevar a cabo la reconciliación de todos los hombres y de toda la creación con Dios. Es un hermoso programa de vida, que exige generosidad». Juan Pablo II. Buenos Aires. 11-IV-1987.

El instinto de felicidad

Vivimos en un mundo que ha hecho del bienestar y del placer los máximos ideales de la vida. La prensa, la televisión, la radio y el ambiente en que vivimos son una constante invitación a pasarlo lo mejor posible; a evitar el dolor y a premiarnos con una serie de compensaciones sin las cuales parece que no podríamos sobrevivir.

Estas llamadas a la felicidad se encuentran en la misma naturaleza del hombre: queremos ser felices no como fruto del capricho, sino porque hay en nuestro interior una especie de instinto que nos impulsa a ello. Es tan profundo y espontáneo, tan natural y universal –lo tenemos todos los hombres–, que no hay otro remedio sino reconocer que se trata de algo propio de la condición humana.

Por eso no faltan quienes creen que hablar o escribir sobre la mortificación es un contrasentido; pues si la felicidad es algo tan propio del hombre, mortificarse es tanto como enfrentarse con la naturaleza. No les faltaría razón al pensar así, si esta manera de razonar no respondiese a un error de planteamiento. En efecto: la mortificación cristiana no va contra la felicidad; es un disparate suponer que Cristo o la Iglesia sean contrarios a ella. Ni Dios ni la Iglesia se oponen; es más, el propósito de Dios cuando nos creó, y este propósito sigue en pie, es nuestro bien, nuestra felicidad, nuestra alegría. Si hemos de mortificarnos no es porque se trate de un tributo que debemos pagar a la divinidad, sino porque existen en nosotros los gérmenes del mal y de la enfermedad espiritual, y no hay más solución que combatirlos y extirparlos porque son precisamente ellos los que nos impiden alcanzar la verdadera dicha.

¿Qué es la mortificación?

Mortificación es una palabra que viene del latín y quiere decir hacer morir (mortem facere). Entre los cristianos se emplea para designar los esfuerzos con que procuramos hacer morir en nosotros el pecado y las malas inclinaciones que nos llevan a él.

Ordinariamente, la palabra asusta un poco porque casi siempre se piensa en lo que ha de costar y la imaginación, lo mismo que exagera el placer que puede producir el pecado, exagera también las dificultades que podemos encontrar para hacer el bien o para apartar los obstáculos que nos impiden alcanzarlo.

A nadie le parece excesivo someterse a un régimen de comidas con el que se pretende conservar la línea que se empeña en desbordar los límites de la moda o los cánones de la belleza. Muchas veces, casi siempre, esto se hace solamente por bien parecer. Y nada digamos del esfuerzo al que se someten los deportistas aficionados –no nos referimos a los profesionales porque ése es su trabajo habitual–, con tal de alcanzar la victoria o, al menos, una buena clasificación.

Y sin embargo nos parece demasiado que Dios nos pida la mortificación de las malas inclinaciones. Si la Iglesia mandase andar con esos tacones sobre los que debe ser tan difícil guardar el equilibrio, nos parecería una intromisión y una crueldad que, sin duda, levantaría campañas de prensa en favor de la libertad y de la dignidad de la persona humana. Pero como se trata de una exigencia de la figura, bienvenidos sean esfuerzos y sacrificios. En una palabra: lo que mira al bien presente, en lo que se refiere al cuerpo o a la vanidad, todo nos parece poco, pero cuando se trata del bien del alma o del amor de Dios, cualquier cosa que se nos pida, por pequeña que sea, nos parece demasiado.

La mortificación cristiana no está aconsejada con afán de molestar o simplemente para hacer la vida más desagradable, sino para todo lo contrario, para hacernos más asequible y fácil el logro de la felicidad. Tiene su principio y razón de ser en el conocimiento de nuestra naturaleza, inclinada al mal después del pecado original; por eso Jesucristo nos lo dice de una forma que no deja lugar a la más pequeña vacilación: si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecar, sácalo, –es decir: mortifícalo, y hazlo morir–porque más te vale perder uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno (Mt 5, 9).

No nos pide el Señor que entendamos sus palabras al pie de la letra, de manera que tengamos que arrancarnos, materialmente hablando, los ojos; sino que quiere indicarnos la necesidad tan grande que tenemos de la mortificación, para que nuestra mirada nunca nos lleve a ponernos en ocasión de pecar. Quiere Dios que conservemos el dominio de los ojos, de tal manera que cuando se presente la ocasión permanezcamos como ciegos al pecado. Y esto ¿cómo puede conseguirse si no es con la mortificación que, como el agua, apaga el fuego de los malos deseos?

No le demos más vueltas; la mortificación es necesaria porque existen los enemigos del bien y de la felicidad, y a estos enemigos hay que combatirlos si no queremos sucumbir a sus ataques o quedar esclavos de sus caprichos.

La mortificación cristiana

«Dios quiere nuestro amor y no estará satisfecho con ninguna otra cosa. Lo que nosotros hagamos no tiene valor fundamental para Dios, porque El puede hacer lo mismo con un solo pensamiento; o con gran facilidad puede crear otros seres que hagan lo mismo que nosotros hacemos. Pero el amor de nuestros corazones es algo único que ningún otro puede darle. Él podría hacer otros corazones que le amasen, pero una vez que nos ha dado la libertad, el amor de nuestro corazón particular es algo que sólo nosotros podemos darle» (E. Boylan, El amor supremo I, Madrid, Rialp 1957, pág. 121).

Dios, como se ve, se empeña en querernos y es su deseo que le correspondamos en la medida de nuestras fuerzas. Por eso cuando nos manifiesta su divina voluntad, lo primero que nos dice, lo primero que nos enseña es: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón» (Lev 19, 18).

A nadie se le oculta que para cumplir con este mandamiento se tropieza con no pequeñas dificultades, porque después del pecado original, y aunque éste nos haya sido perdonado en el sacramento del Bautismo, permanece en nosotros la inclinación al mal, esa terrible atracción que ejercen sobre la voluntad y sobre los sentidos los bienes creados, que nos invitan a abandonar el camino que nos lleva a Dios para seguir el que ellos nos señalan.

Esto significa que hemos de luchar contra nuestro enemigo el pecado y éste precisamente es el sentido de la mortificación cristiana, ésta es su función en la vida espiritual: con la mortificación no se busca otra cosa que adquirir esa libertad de espíritu, tan necesaria para poder prescindir del uso desordenado de las criaturas que pretenden someternos a su dominio y esclavitud.

Por eso hay que perder el miedo a la mortificación. Después de todo no es tanto lo que se nos pide si se compara con lo que se gana. Hay que saber perder la vida con la mortificación, pero es para encontrarse con la Vida, con Dios, que a partir de ese momento se erige en único Señor y exclusivo Bien del alma. La mortificación nos ayudará a dejar las cosas en su sitio, ella será la que frene los apetitos desordenados que tienen su origen en los sentidos y en la voluntad inclinados al mal. Mientras no se pierda el miedo a la mortificación, estaremos condenados a vivir una vida espiritual mediocre en la que no existirá verdadero progreso sobrenatural porque seguiremos esclavos de nuestros caprichos y nos faltará la libertad para poder amar a Dios sobre todas las cosas.

Fuente: iglesia.org

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«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguien escucha mi voz y me abre, entraré a su casa a comer, Yo con él y él conmigo» (Apocalipsis 3,20)

El que está a la puerta de tu corazón y llama es el mismo Señor Jesús, pidiendo entrar en tu vida. Si abres la puerta entrará en tu corazón, estará contigo y compartirá contigo. Él será tu gozo, tu salud, tu paz, y tú fuerza, Él es el único que puede colmar los deseos más profundos de tu corazón.

Jesucristo es Aquel que se preocupa por ti y te ama con un amor y un interés más grande de lo que las palabras pueden expresar. Él es Aquel que nunca te dejará solo, quien está siempre contigo para ayudarte y quitar todos tus temores. Si, es Aquel que es suficientemente fuerte para salvarte de todas tus cadenas de pecado.

Jesús está llamando a tu corazón. Ábrele la puerta y entrégale tu vida.

¡Él está esperándote!

Fuente: iglesia.org

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Feb-13-10

Como salir del agujero

posted by antonella

enviados

(molestando lo menos posible)
No hablo de salir del armario para evitar equívocos; pero es cierto que hay demasiados cristianos voluntariamente escondidos en el ghetto; católicos apocados que ocultan su fe como si se tratara de una neurosis y viven en su gazapera, aconejados, sin atreverse a enseñar la oreja. Les han dicho que la fe es algo íntimo y personal; que han de ser respetuosos incluso con los que no lo son. De acuerdo; pero también el embarazo es íntimo y se luce con orgullo sin el menor recato.

Escribí hace meses que, tal como se están poniendo las cosas, los católicos tenemos obligación de dar la nota. Cuando el silencio se interpreta como aquiescencia, es un deber moral dar la cara, y, sin agredir a nadie, cantar las cuarenta al lucero del alba.

¿Y qué haremos para salir del agujero? ¿Cómo daremos la nota?

Mi amigo Kloster, que es hombre sabio y no tiene pelos en la pluma, me dictó estas sabias recetas que transcribo sin más preámbulos:

• Cuando vayas de turista a una catedral, saluda ante todo al Dueño y Señor de la casa, que vive en la Capilla del Santísimo. No te limites a admirar las vidrieras. No olvides que las iglesias son Sagrarios, no meros edificios de interés cultural.

• No te importe quedar con tus amigos «después de Misa». A lo mejor alguno se anima y queda contigo «antes».

• Limpia y enriquece tu lenguaje. Nada tengo contra el taco como interjección lírica, que, usado con moderación, sosiega el ánimo; pero la mugre sobra. ¿Para qué tantas referencias glandulares, tanta alusión al presunto oficio de la madre de un tercero, tanta basura sexual? No sé si la cara es el espejo del alma (espero que no), pero el idioma sí que lo es.

• Y hablando de lenguaje, no es preciso que digas «Jesús» cada vez que oigas un estornudo, pero habrá que poner de moda algunas viejas y entrañables expresiones: «si Dios quiere», «con la ayuda de Dios», «adiós»… Sustituirán con ventaja al «hasta luego» que todo el mundo profiere aunque se despidan para la eternidad.

• Di a tu novia que se tape el ombligo y sus alrededores; que prefieres mirarla a los ojos, porque es lo único que no envejece. A lo mejor se ruboriza de gusto. Y tú, no es preciso que exhibas por encima del cinturón la etiqueta de tu ropa interior. Esos pantalones, que ya utilizaba Cantinflas hace cincuenta años, francamente, son una horterada.

• Cuando empieces a salir con una «niña supermona» (o con un «niño supermono»), pregúntale qué piensa sobre Dios, la Iglesia, la familia, los hijos… Y no olvides que, en el noviazgo, es más importante conocerse que tocarse.

• Si vas al restaurante un viernes de cuaresma, pide al camarero que te enseñe el menú de vigilia. Si no lo entiende, llama al chef y se lo explicas. Y, antes de comer, bendice la mesa. Si se dan cuenta los vecinos, mejor para ellos.

• Cuando estés de viaje y llegues al hotel en una ciudad desconocida, di en recepción que te informen sobre los horarios de Misas de las iglesias más cercanas. Si son buenos profesionales, harán la gestión sin mover un músculo. Cosas más insólitas les piden cada día.

• Cuando hables de tu novia con tus amigos evita la terminología culinaria o troglodita: Fulanita no «está buena» porque no es objeto de consumo. Te sugeriría dos docenas de expresiones alternativas, pero sonarían un poco antiguas. Seguro que tú mismo sabrás inventar otras. Sé creativo.

• No toleres la blasfemia en tu entorno. Si la atmósfera se pone apestosa, basta con una frase ingeniosa y contundente, como la que empleó mi amiga Natalia hace años: «oye, tío, ¿por qué no insultas a tu padre y dejas al mío en paz? » Natalia tiene una voz aguda y un tanto chillona. A su «amigo» se le atragantó la pepsi.

• Y si el estudio de la tele se convierte en un zoo, en un catre o en un retrete (sin perdón, que así se llama), tira de la cadena y coge un libro. O refúgiate en la 2, donde los animalitos son más limpios y honrados.

• Manda un mail a tu periódico, a tu emisora o a tu columnista favorito sobre todo cuando hacen las cosas bien. Levántales el ánimo, que buena falta hace.

• Utiliza Internet sin miedo y echa la red –es decir, la web– para pescar: participa en los debates, da doctrina, difunde los links cristianos. Forma un grupo de amigos cibernautas y llévales el mensaje de Jesucristo.

• Pero no te olvides de poner un filtro para que no entre en casa la basura cibernética. No se trata sólo de proteger a los niños. Los adultos estamos igual de indefensos porque todos somos corruptibles y capaces de las mayores aberraciones. Si tuvieses siempre sobre la mesa un montón de revistas pornográficas, ¿estás seguro de que nunca les echarías una ojeada?

• ¿Y qué ocurriría si, sobre esa mesa de trabajo, hubiese una imagen de la Virgen? A Luisa, cuando la puso por primera vez en su oficina, se la rompieron. Volvió a poner otra, y la pintarrajearon. La tercera fue sustituida por una foto pornográfica…; pero la guerra no duró mucho. Desde hace más de un año nadie toca su imagen de la Virgen de Guadalupe. Y su amiga Marijose ha puesto otra.

• En tu casa, piso o apartamento también podrías poner un buen cuadro de Santa María. Es fácil encontrar uno que sintonice con tu estilo: los hay para todos los gustos.

• Quítate ese colmillo de gorila que llevas al cuello. Cualquiera diría que se lo arrancaste a una amiga de la infancia. Una medalla-escapulario es mucho más práctica. Ahora muchos chavales se cuelgan el rosario como si fuera un collar. Aprovecha la ocasión para explicarles cómo se usa.

• Visita a tu párroco alguna vez. Necesita sentir el afecto de sus feligreses. Dale ideas, cuéntale el último chiste, fumaos un pitillo juntos (con permiso de la ministra), y escúchale, que a veces está muy solo.

• En el cestillo de la Misa echa papel moneda. La calderilla está bien para las propinas o los parquímetros, pero en la iglesia necesitan algo más que las sobras. Y este mes de junio pon la equis donde tú sabes.

• En verano, llévate a Jesús de vacaciones. Él solía ir también a la montaña y a la playa. Y comía pescado a la brasa al anochecer. Aprende a descansar a su lado, sin huir. No lo mandes a un asilo ni lo abandones en la primera gasolinera.

• Habla de Dios a tus amigos. Hablar de Dios es hablar de uno mismo, de lo que Él ha hecho contigo. Por eso cuesta. Hacer apostolado es quedarse a la intemperie, pero vale la pena.

• Y si es necesario, sal a la calle con una pancarta. Algunas veces los cristianos tenemos que manifestarnos, hacer bulto y gritar fuerte, llenando las avenidas y las plazas de las grandes ciudades. No quemes papeleras ni estropees el mobiliario urbano. Lleva a los viejos y a los niños, que somos gentes de paz y no correrán riesgos.

Una vez leído el largo manifiesto de Kloster, sólo me queda añadir una palabra. No es muy original, pero en este caso sí que parece imprescindible: ¡pásalo!

Fuente: iglesia.org

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Cuidad del Vaticano, desde el primero de este mes de Enero del presente 2010, El Papa Benedicto XVI pide oración para todos los jóvenes que usen de la mejor manera los medios de comunicación para su beneficio personal y para las demás personas que los rodean, es decir promover una cultura de respeto, amistad y diálogos fraternos.

El Papa confía en el Apostolado de la Oración de más de 50 millones de fieles que se encuentran en los cinco continentes.

La otra intención del Papa es la parte misionera que debemos tener todos los creyentes en Cristo Jesús, es tener una aptitud de unión para seguir predicando el Evangelio con eficacia.

Fuente: Catholic.net

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¿Sabe lo que es eso?

Existen personas (generalmente mujeres jóvenes) que sufren de una condición que se llama anorexia nerviosa que presentan una percepción muy diferente de la que les devuelve el espejo: piensan que están muy gordas, cuando en realidad es que están muy delgadas.

Del mismo modo, existen personas (generalmente hombres) que piensan que no están lo suficientemente fornidos y pasan horas y horas en los gimnasios, desarrollando músculos y muchos de ellos tomando peligrosas sustancias anabólicas para hacer crecer más su musculatura.

Esto es o que se llama vigorexia, condición descrita en 1997 por Harrison Pope. Esta afección aún no está reconocida todavía por el Manual de Psiquiatría, pero existen evidencias de que es un trastorno del grupo de las obsesiones-compulsiones.

Sin darse cuenta están siendo idólatratas de sus propios cuerpos osea ofendiendo a Dios , créandose IDOLOS, en este caso sus propios cuerpos.

Los síntomas de la vigorexia son:

· Ir al gimnasio más de una vez por día ejercitándose más de una o dos horas por sesión.

· Hacer ejercicio absolutamente todos los días.

· Tener terror de engordar y por ello sigue haciendo ejercicios a pesar de sufrir lesiones musculares o tendinosas repetidas.

· Hacen del desarrollo de su musculatura el centro de su vida y por ello dejan a veces de ir al trabajo o la Universidad por ir al gimnasio.

De 10 millones de personas que van al gimnasio por lo menos un millón es vigorexica.

Si la misma pasión por la belleza del cuerpo, la pusiéramos por la belleza del alma y el desarrollo del espíritu otra canción entonaría nuestro corazón.

El Rey David clamaba por encontrarse con Dios cada mañana.

Lo más importante en nuestra vida no es lo de afuera es lo de adentro.

¿Ya hablaste con él hoy?

Señor, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti y esperaré. Salmo 5:3

Despierta, alma mía; despierta, salterio y arpa; Me levantaré de mañana. Salmo 57:8

Pero yo cantaré de tu poder, Y alabaré de mañana tu misericordia; Porque has sido mi amparo Y refugio en el día de mi angustia. Salmo 59:16

Fuente: renuevodeplenitud.com