AMC Religión

Bienvenido a tu blog de Religión!!

benedicto-xvi

« La justicia de Dios se ha manifestado
por la fe en Jesucristo » (cf. Rm 3,21-22)

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).

Justicia: “dare cuique suum”

Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo” - “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo… no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).

¿De dónde viene la injusticia?

El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre… Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?

Justicia y Sedaqad

En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el clamor” de su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios” (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?

Cristo, justicia de Dios

El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado… por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).

¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.

Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.

Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.

Fuente: iglesia.org

Mar-10-10

Vivir la Cuaresma de Jesús en el desierto

posted by antonella

temptation-of-jesus

Homilía pronunciada por el Papa durante la celebración de la Misa de imposición de la Ceniza, en la basílica de Santa Sabina en el Aventino.

“Tu amas a todas las criaturas, Señor,
y no desprecias nada de cuanto has hecho;
tu olvidas los pecados de cuantos se convierten y los perdonas,
porque tu eres el Señor Dios nuestro” (Antífona de entrada).

Venerados hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos y hermanas

Con esta conmovedora invocación, tomada del Libro de la Sabiduría (cfr 11,23-26), la liturgia introduce la celebración eucarística del Miércoles de Ceniza. Son palabras que, de algún modo, abren todo el itinerario cuaresmal, poniendo en su fundamento la omnipotencia del amor de Dios, su absoluto señorío sobre toda criatura, que se traduce en indulgencia infinita, animada por una constante y universal voluntad de vida. En efecto, perdonar a alguien equivale a decirle: no quiero que mueras, son que vivas; quiero siempre y solo tu bien.

Esta absoluta certeza sostuvo a Jesús durante los cuarenta días transcurridos en el desierto de Judea, tras el bautismo recibido de Juan en el Jordán. Ese largo tiempo de silencio y de ayuno fue para Él un abandonarse completamente al Padre y a su designio de amor; fue un “bautismo”, es decir, una “inmersión” en su voluntad, y en este sentido, un anticipo de la Pasión y de la Cruz. Adentrarse en el desierto y permanecer mucho tiempo, solo, significaba exponerse voluntariamente a los asaltos del enemigo, el tentador que hizo caer a Adán y por cuya envidia entró la muerte en el mundo (cfr Sb 2,24); significaba entablar con él una batalla a campo abierto, desafiarlo sin otras armas que la confianza sin límites en el amor omnipotente del Padre. Me basta tu amor, me alimento de tu voluntad (cfr Jn 4,34): esta convicción habitaba la mente y el corazón de Jesús durante esa “cuaresma” suya. No fue un acto de orgullo, una empresa titánica, sino una decisión de humildad, coherente con la Encarnación y el bautismo en el Jordán, en la misma línea de obediencia al amor misericordioso del Padre, que “tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo unigénito” (Jn 3,16).

Todo esto el Señor Jesús lo hizo por nosotros. Lo hizo para salvarnos, y al mismo tiempo para mostrarnos el camino para seguirle. La salvación, de hecho, es don, es gracia de Dios, pero para tener efecto en mi existencia requiere mi consentimiento, una acogida demostrada en los hechos, es decir, en la voluntad de vivir como Jesús, de caminar tras Él. Seguir a Jesús en el desierto cuaresmal es por tanto condición necesaria para participar en su Pascua, en su “éxodo”. Adán fue expulsado del Paraíso terrestre, símbolo de la comunión con Dios; ahora, para volver a esta comunión y por tanto a la vida verdadera, es necesario atravesar el desierto, la prueba de la fe. ¡No solos, sino con Jesús! Él – como siempre – nos ha precedido y ha vencido ya el combate contra el espíritu del mal. Este es el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos invita a renovar la elección de seguir a Cristo por el camino de la humildad para participar en su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.

En esta perspectiva se comprende también el signo penitencial de las Cenizas, que son impuestas sobre la cabeza de cuantos inician con buena voluntad el itinerario cuaresmal. Es esencialmente un gesto de humildad, que significa: me reconozco por lo que soy, una criatura frágil, hecha de tierra y destinada a la tierra, pero también hecha a imagen de Dios y destinada a Él. Polvo, sí, pero amado, plasmado por su amor, animado por su soplo vital, capaz de reconocer su voz y de responderle; libre y, por esto, capaz también de desobedecerle, cediendo a la tentación del orgullo y de la autosuficiencia. Esto es el pecado, enfermedad mortal entrada bien pronto a contaminar la tierra bendita que es el ser humano. Creado a imagen del Santo y del Justo, el hombre perdió su propia inocencia y ahora puede volver a ser justo solo gracias a la justicia de Dios, la justicia del amor que – como escribe san Pablo - “se manifestó por medio de la fe en Cristo” (Rm 3,22). De estas palabras del Apóstol tomé la inspiración para mi Mensaje, dirigido a todos los fieles con ocasión de esta Cuaresma: una reflexión sobre el tema de la justicia a la luz de las Sagradas Escrituras y de su cumplimiento en Cristo.

También en las lecturas bíblicas del Miércoles de Ceniza está bien presente el tema de la justicia. Ante todo, la página del profeta Joel y el Salmo responsorial – el Miserere – forman un díptico penitencial, que pone de manifiesto cómo en el origen de toda injusticia material y social está la que la Biblia llama “iniquidad”, es decir, el pecado, que consiste fundamentalmente en una desobediencia a Dios, es decir, una falta de amor. “Pues mi delito yo lo reconozco, / mi pecado sin cesar está ante mí; / contra ti, contra ti solo he pecado, / lo malo a tus ojos cometí” (Sal 50/51,5-6). El primer acto de justicia es por tanto reconocer la propia iniquidad, es reconocer que está arraigada en el “corazón”, en el centro mismo de la persona humana. Los “ayunos”, los “llantos”, los “lamentos” (cfr Jl 2,12) y toda expresión penitencial tienen valor a los ojos de Dios sólo si son el signo de corazones verdaderamente arrepentidos. También el Evangelio, tomado del “sermón de la montaña”, insiste en la exigencia de practicar la propia “justicia” - limosna, oración, ayuno – no ante los hombres sino solo a los ojos de Dios, que “ve en lo secreto” (cfr Mt 6,1-6.16-18). La verdadera “recompensa” no es la admiración de los demás, sino la amistad con Dios y la gracia que deriva de ella, una gracia que da fuerza para cumplir el bien, para amar también a quien no lo merece, de perdonar a quien nos ha ofendido.

La segunda lectura, el llamamiento de Pablo a dejarnos reconciliar con Dios (cfr 2 Cor 5,20), contiene una de las célebres paradojas paulinas, que reconduce toda la reflexión sobre la justicia al misterio de Cristo. Escribe san Pablo: “A quien no conoció pecado – es decir, a su Hijo hecho hombre – le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21). En el corazón de Cristo, es decir, en el centro de su Persona divino-humana, se jugó en términos decisivos y definitivos todo el drama de la libertad. Dios llevó a las consecuencias extremas su propio designio de salvación, permaneciendo fiel a su amor aun a costa de entregar a su Hijo unigénito a la muerte, y a la muerte de cruz. Como he escrito en el Mensaje cuaresmal, “aquí se revela la justicia divina, profundamente diversa de la humana… Gracias a la acción de Cristo, podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cfr Rm 13,8-10)”.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma alarga nuestro horizonte, nos orienta hacia la vida eterna. En esta tierra estamos en peregrinación, “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro”, dice la Carta a los Hebreos (Hb 13,14). La Cuaresma da a entender la relatividad de los bienes de esta tierra y así nos hace capaces de las renuncias necesarias, libres para hacer el bien. Abramos la tierra a la luz del cielo, a la presencia de Dios en medio de nosotros. Amén.

Fuente: iglesia.org

Mar-9-10

Reflexión ante la cruz

posted by antonella

antecruz

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de mi cuerpo a tu cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada.
Estar aquí junto a tu imagen muerta
e ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

Fuente: iglesia.org

Mar-8-10

El hijo de enmedio: El Sanduche

posted by antonella

ninos_infancia

El siente que sólo recibe las migajas del cariño de sus padres, quienes vibran con los logros del primogénito y las gracias del hermano menor.

No hay padre que no se fascine con su primer hijo y su nacimiento echa a rodar un momento vital maravilloso, lleno de planes y sueños.

Pero la inexperiencia obvia de nunca antes haber ejercido como papá o mamá, hace que ambos actúen ansiosos, lo presionan para que hable y camine lo antes posible, inseguros –¿habré sido muy dura con él?, e impredecibles en su comportamiento, lo retan y al segundo siguiente lo abrazan.

Sí, frecuentemente se exagera con el primer hijo y éste carga con todas las expectativas familiares, asumiendo que debe cumplir bien su rol.

Por eso en general, los hijos mayores son responsables, meticulosos, sobre-exigidos y autoexigentes. Cada uno de sus logros es ampliamente celebrado y comentado.

En cambio los menores son queridos por ser lo que son: «benjamines». Las madres muchas veces confiesan tratarlos con actitud de «abuela». Es decir, lo regalonean y no le exigen. En efecto, cuando llega un hijo luego de varios otros, la mamá ya no está apurada en sacarle los pañales, en que hable o camine.

Sabe que eso ocurrirá de todas formas, porque ¡todos los niños hablan y caminan algún día! Así, con padres menos ansiosos y más consistentes, pues ya han aprendido, ese menor crece lleno de afecto y en un ambiente de libertad, sintiendo el amor incondicional de sus papás, seguro de sí mismo.

¿Y yo, el del medio?

En este contexto se inserta el hijo del medio, el sándwich.

Su realidad varía notoriamente de acuerdo a las circunstancias. Imaginémoslo en la peor situación: el hermano mayor es hombre, él es hombre también, y la que lo sigue es niñita. El mayor seguirá llamando más la atención del papá y los abuelos, y la mamá se volcará al más pequeño de la familia. El segundo entonces optará por competir con el mayor. Querrá jugar tenis como él y querrá superarlo, objetivo que difícilmente logrará, puesto que no tiene la madurez ni la edad para eso. Se sentirá disminuido porque siempre habrá otro que hará las cosas mejor que él. Por ejemplo, si quiere tomar el papel de hermano mayor respecto de los chicos tampoco le resultará con propiedad, ya que el mayor tiene ese rol por derecho propio.

Por otro lado, la actitud del niño del medio con el menor, será la de hacerse el bebé. Sin conseguirlo tampoco, pasará a ser el «catete» de la casa.

Envidia y celos

Pero en familias muy sobreprotectoras o muy ansiosas, ser el segundo puede constituir un alivio.

Mientras el mayor y el menor concentran expectativas y aprensiones, el del medio crece más libre y no está en el ojo avizor de los padres. Esto será bueno, siempre y cuando la actitud no sea percibida por el niño como abandono o falta de preocupación hacia él. Porque hay que tener presente que un niño es sándwich si no logra hacerse un espacio propio como individuo diferente a sus hermanos.

Cuando las familias resuelven mal esta situación el niño del medio derivará en actitudes de envidia y celos hacia sus hermanos. El mayor siempre será el exitoso y por eso el segundo tratará de desarrollar aquellas habilidades que le han dado triunfos a su hermano. Sus propios talentos los postergará, buscando asemejarse al mayor. Lo cual es grave, ya que querrá ser lo que él no es y en la vida se equivocará en elegir.

El asunto pasa a tener ribetes patológicos si ese hijo tiene problemas para relacionarse con sus hermanos y sus amigos del colegio. Es decir, si siempre se siente postergado y no aprende a compartir; si se siente incapaz de competir y de ganarse un espacio; si tiene problemas de adaptación y pasa «chupado» o se convierte en el payaso permanente del curso o de la casa con tal de llamar la atención.

¿Cómo resolverlo en familia?

- Otorgándole un afecto incondicional. Aún más si presenta algún problema de aprendizaje.

- Dedicándole tiempo. Así se lo conocerá y se lo podrá potenciar en sus talentos.

- Dándole alguna tarea específica en el hogar en la que se sienta cómodo. Con responsabilidades, el niño tendrá un lugar en su casa. Se sentirá participando e importante.

- Nunca sobrevalorar la capacidad afectiva del niño para arreglárselas solo. Si a un hijo de cinco años la mamá le dice: «Tú eres grande, puedes hacer solo la tarea mientras atiendo al bebé», es seguro que el niño no acepta bien esta situación. «Fulanito ya es grande y entiende» dicen los padres. Efectivamente «fulanito» entiende intelectualmente, lo que no significa que comprenda emocionalmente. Por eso es un error hacer crecer a los niños de golpe porque llegó otro hermano, sacarle los pañales o mandarlo al colegio.

Fuente: Iglesia.org

Mar-8-10

Entrevista con el profesor Ramiro Pellitero

posted by antonella

caridad1

- ¿Por qué cree que el Papa ha elegido el tema de la Justicia para su mensaje con ocasión de la Cuaresma? ¿Hay una relación entre Justicia y los cuarenta días de ayuno de Jesús en el desierto que conmemoramos con este período penitencial de nuestro calendario cristiano?

Empiezo por la segunda pregunta. En la tradición cristiana, la cuaresma está ligada a la conversión, a la penitencia, al ayuno y la limosna. Sin embargo, es llamativo que con mucha frecuencia los mensajes para la Cuaresma, tanto de Juan Pablo II como de Benedicto XVI, insistan mucho en la justicia social. Me parece que esto se debe a una razón profunda, y es que sin la preocupación por los demás, la conversión personal se quedaría corta, más aún, no sería auténtica; porque convertirse a Dios significa salir de uno mismo para ir al encuentro del amor, que es el fundamento y el «motor» principal de toda justicia.

Pienso, además, que el Papa ha elegido el tema de la Justicia en conexión con su encíclica «Caritas in Veritate». No en vano afirma que la justicia más grande es la del amor, porque en sentido bíblico la justicia se identifica con la verdad, la santidad y el amor de Dios. Buscar en todo la justicia es vivir «la caridad en la verdad». Así que la Cuaresma es un tiempo oportuno para convertirse, comenzando por abandonar el pecado y buscar más hondamente el amor de Dios con todas sus consecuencias; y, por eso, es un tiempo para vivir la justicia: primero con Dios, también con uno mismo y con los demás. Sin Dios no hay justicia plena; sin la preocupación por los demás, no hay amor a Dios en el sentido pleno.

- El Papa nos habla de la injusticia como fruto del mal –que tiene raíces tanto internas como externas– así como de la fragilidad del hombre. ¿Cómo llegar a ser justos?

La justicia –según la tradición bíblica y cristiana– significa la conformidad con la verdad de Dios y la nuestra, con la de cada uno y los demás, y también con la realidad de las cosas creadas. Evoca el Papa que ya Ulpiano en el siglo III definió la justicia como «dar a cada uno lo suyo». Y señala Benedicto XVI algo importante que no se tiene presente con esa frase: que lo primero que nececesita el hombre es Dios. Por otra parte, cabría decir que la primera justicia es dar a Dios lo suyo, es decir, la gloria y la alabanza, la acción de gracias y el amor. Sólo así se es justo con uno mismo y los demás, buscando lo que nos corresponde como personas: en primer lugar, la belleza, el bien, la verdad que es Dios mismo, y al mismo tiempo, la solidaridad, ¡el pan! Y los demás bienes materiales, procurando para cada uno lo que precisa para vivir. En cristiano, justicia no es buscar «lo mínimo», sino amar, que es más bien lo contrario: buscar lo máximo que podamos dar de nosotros mismos, porque sólo así nos hacemos más parecidos a Dios; es decir, más justos. Por eso dice el Papa que la justicia debe ser «vivificada» por el amor.

-En este sentido, la Doctrina Social de la Iglesia está llena de contenido, pero acaso esta doctrina no parece interesar mucho a los políticos y gobernantes de hoy. ¿A qué se debe este desinterés?

Supongo que se debe, en muchos casos, a falta de conocimiento de esa gran riqueza de contenidos a la que te refieres. Quizá se piensa que la Doctrina Social es un conjunto de principios meramente teóricos que derivan de la fe, y por tanto, según algunos, de una visión «parcial», que no tiene por qué interesar a todos. Sin embargo, no es así. La sabiduría que se expresa máximamente en la persona y en las enseñanzas de Cristo, tiene un valor universal; esto lo han reconocido los sabios que han llegado a encontrarse con Cristo y por tanto a comprenderlo y a «vivir» de Él. Como lo ha vivido también la gente sencilla sin prejuicios laicistas ¡Qué bueno sería que muchos de nuestros gobernantes tuvieran una mente más abierta a la luz de Cristo! Por poner sólo dos ejemplos, el Derecho Internacional moderno tiene sus bases principales en la reflexión cristiana de Francisco de Vitoria, profesor de la escuela de Salamanca, en el s. XVI; otro cristiano, el inglés William Wilberforce, a principios del s. XIX consiguió la abolición de la esclavitud en el entonces Imperio Británico.

- ¿Qué es la «sed de justicia» de la que Jesús habla en las Bienaventuranzas? ¿Cómo se vive en la Iglesia?

Esa «sed de justicia» es, en último término, la que brota del mismo Corazón de Cristo: el deseo de que las personas conozcan y vivan el amor de Dios que se ha manifestado en la entrega de Jesús por todos y cada uno. Es la sed que consume también el corazón de los santos. La sed que les lleva, al mismo tiempo, a hacer más oración y a preocuparse más por todas las personas que les rodean, especialmente por los más pobres y necesitados. ¡Hay pobres que no tienen lo mínimo para subsistir, en lo material o en lo espiritual, y esto tiene que rompernos el corazón (y movernos a la acción)! Esto es lo que los cristianos vivimos, desde siempre, de muchos modos. Pero hoy existe una necesidad de que nos impliquemos todos mucho más. No sólo la Iglesia institucionalmente –como viene haciendo desde el principio–, sino cada comunidad cristiana: las familias, las escuelas, los grupos y movimientos, etc., comenzando por una verdadera conversión personal.

Fuente: iglesia.org

Tags:
Mar-5-10

Dios te espera en esta Cuaresma

posted by antonella

confesionario_con_jesus

¿DÓNDE?
En la puerta del confesionario de cualquier iglesia.
En la persona de cualquier sacerdote sabio o ignorante, anciano o joven.
En el único tribunal donde la sentencia siempre es ABSOLUCION.

¿PARA QUÉ?
Para perdonarte tus pecados.
Darte gracia para no volver a cometerlos.
Devolverte la paz y la tranquilidad.
Para que comiences una vida nueva, sin cuentas pendientes.

¿CÓMO?
Sin ningún rencor.
Con los brazos abiertos. Como al hijo que se ha ido y vuelto al hogar.
Con un nuevo plan para vivir, mejor que el que echaste a perder.

SOLAMENTE TE PIDE
Lo que tú pedirías a un hijo: Un humilde reconocimiento de que has hecho mal.
Una valerosa confesión de tus faltas.
Un sincero arrepentimiento y deseo de no cometerlas más.

Examina tu conciencia con sinceridad y…
Ve y dilo al sacerdote:
Con claridad, sin disfrazarlo.
Con sencillez.
Aunque te dé vergüenza.

Y SABRÁS LO QUE ES LA PAZ DE DIOS.

¡Sea para Gloria de Dios!

Fuente: iglesia.org

Mar-4-10

Viviendo este tiempo

posted by antonella

jesusperdon

Durante este tiempo especial de purificación, contamos con una serie de medios concretos que la Iglesia nos propone y que nos ayudan a vivir la dinámica cuaresmal.

Ante todo, la vida de oración, condición indispensable para el encuentro con Dios. En la oración, si el creyente ingresa en el diálogo íntimo con el Señor, deja que la gracia divina penetre su corazón y, a semejanza de Santa María, se abre la oración del Espíritu cooperando a ella con su respuesta libre y generosa (ver Lc 1,38).

Asimismo, también debemos intensificar la escucha y la meditación atenta a la Palabra de Dios, la asistencia frecuente al Sacramento de la Reconciliación y la Eucaristía, lo mismo la práctica del ayuno, según las posibilidades de cada uno.

La mortificación y la renuncia en las circunstancias ordinarias de nuestra vida, también constituyen un medio concreto para vivir el espíritu de Cuaresma. No se trata tanto de crear ocasiones extraordinarias, sino más bien, de saber ofrecer aquellas circunstancias cotidianas que nos son molestas, de aceptar con humildad, gozo y alegría, los distintos contratiempos que se nos presentan a diario. De la misma manera, el saber renunciar a ciertas cosas legítimas nos ayuda a vivir el desprendimiento y ser más libres.

De entre las distintas practicas cuaresmales que nos propone la Iglesia, vivir la caridad ocupa un lugar especial. Así nos lo recuerda San León Magno: «estos días cuaresmales nos invitan de manera apremiante el ejercicio de la caridad; si deseamos llegar a la Pascua santificados en nuestro ser, debemos poner un interés especialísimo en la adquisición de esta virtud, que contiene en si a las demás y cubre multitud de pecados».

Esta vivencia de la caridad debernos vivirla de manera especial con aquel a quien tenemos más cerca, en el ambiente concreto en el que nos movemos. Así, vamos construyendo en el otro «el bien más precioso y efectivo, que es el de la coherencia con la propia vocación cristiana» (Juan Pablo II).

Cómo vivir la Cuaresma

1. Arrepintiéndome de mis pecados y confesándome .

Pensar en qué he ofendido a Dios, Nuestro Señor, si me duele haberlo ofendido, si realmente estoy arrepentido. Éste es un muy buen momento del año para llevar a cabo una confesión preparada y de corazón. Revisa los mandamientos de Dios y de la Iglesia para poder hacer una buena confesión. Ayúdate de un libro para estructurar tu confesión. Busca el tiempo para llevarla a cabo.

2. Luchando por cambiar

Analiza tu conducta para conocer en qué estás fallando. Hazte propósitos para cumplir día con día y revisa en la noche si lo lograste. Recuerda no ponerte demasiados porque te va a ser muy difícil cumplirlos todos. Hay que subir las escaleras de un escalón en un escalón, no se puede subir toda de un brinco. Conoce cuál es tu defecto dominante y haz un plan para luchar contra éste. Tu plan debe ser realista, práctico y concreto para poderlo cumplir.

3. Haciendo sacrificios

La palabra sacrificio viene del latín sacrum-facere, que significa «hacer sagrado». Entonces, hacer un sacrificio es hacer una cosa sagrada, es decir, ofrecerla a Dios por amor. Hacer sacrificio es ofrecer a Dios, porque lo amas, cosas que te cuestan trabajo. Por ejemplo, ser amable con el vecino que no te simpatiza o ayudar a otro en su trabajo. A cada uno de nosotros hay algo que nos cuesta trabajo hacer en la vida de todos los días. Si esto se lo ofrecemos a Dios por amor, estamos haciendo sacrificio.

4. Haciendo oración

Aprovecha estos días para orar, para platicar con Dios, para decirle que lo quieres y que quieres estar con Él. Te puedes ayudar de un buen libro de meditación para Cuaresma.

 

Fuente: iglesia.org

Mar-3-10

¿Dónde están las manos de Dios?

posted by antonella

mansespiga

Cuando observo el campo sin arar, cuando los aperos de labranza están olvidados, cuando la tierra esta quebrada y abandonada. Cuando miro tantos niños abandonados, tantos hermanos que lloran, tantas guerras. Cuando miro las lágrimas, la baja estima , la tristeza , los odios , el inconformismo… me pregunto: ¿Dónde están las manos de Dios?

Cuando observo la injusticia, la corrupción, el que explota al débil. Cuando veo al prepotente y pedante, enriquecerse del ignorante y del pobre, del obrero y del campesino carente de recursos para defender sus >derechos, me pregunto: ¿Dónde están las manos de Dios?

Cuando contemplo a esa anciana olvidada, cuando su mirada es nostálgica y balbucea aún palabras de amor por el hijo que la abandonó, me pregunto: ¿Dónde están las manos de Dios?

Cuando miro a ese joven, antes fuerte y decidido, ahora embrutecido por la droga y el alcohol. Cuando veo titubeante lo que antes era una inteligencia brillante y ahora con harapos, sin rumbo, sin destino; me pregunto: ¿Dónde están las manos de Dios?

Cuando esa chiquilla que debería soñar en fantasías, la veo arrastrar la existencia y en su rostro se refleja ya el hastío de vivir, y buscando sobrevivir se pinta la boca y se ciñe el vestido y sale a vender su cuerpo; me pregunto: ¿Dónde están las manos de Dios?

Cuando aquél pequeño a las tres de la madrugada me ofrece su periódico o su miserable cajita de dulces sin vender. Cuando lo veo dormir en la puerta de un zaguán o debajo de algún puente titiritando de frío, con unos cuantos periódicos que cubren su frágil cuerpecito. Cuando su mirada me reclama una caricia, cuando lo veo sin esperanza vagar con la única compañía de un perro callejero, me pregunto: ¿Dónde están las manos de Dios?

Y me enfrento a él y le pregunto: ¿Dónde están tus manos Señor?, para luchar por la justicia, para dar una caricia, un consuelo al abandonado, rescatar a la juventud de las drogas, dar amor y ternura a los olvidados…

Después de un largo silencio, escuché su voz que me reclamó: ¿No te has dado cuenta que TÚ eres mis manos? ¡Atrévete a usarlas para lo que fueron hechas, para dar amor y alcanzar las estrellas!

Y entonces comprendí que las manos de Dios somos TÚ y YO. Nosotros somos los que tenemos la voluntad, el conocimiento y el coraje para luchar por un mundo más humano y más justo, aquellos cuyos ideales sean más altos que no puedan acudir a la llamada del destino, aquellos que desafiando el dolor, la crítica, la blasfemia, se reten a sí mismos para ser las manos de Dios…

Señor, ahora me doy cuenta que mis manos están sin llenar, que no han dado lo que deberían dar. Te pido perdón por el amor que me diste y que no he sabido compartir. Sé que las debo usar para amar y conquistar la grandeza de la creación. El mundo necesita esas manos llenas de ideales y estrellas, cuya obra magna sea contribuir día a día a forjar una civilización. Unas manos que busquen valores superiores, que compartan generosamente lo que Dios nos ha dado y puedan al final llegar vacías al cielo porque entregaron todo el amor para el que fueron creadas…

Y entonces Dios seguramente dirá: ESTAS, ¡SON MIS MANOS! Bendice mis manos… Señor Dios….

Tags: , ,
Mar-2-10

La Cuaresma un tiempo para la justicia

posted by antonella

cuaresma2

ENTREVISTA CON EL PROFESOR RAMIRO PELLITERO

- ¿Por qué cree que el Papa ha elegido el tema de la Justicia para su mensaje con ocasión de la Cuaresma? ¿Hay una relación entre Justicia y los cuarenta días de ayuno de Jesús en el desierto que conmemoramos con este período penitencial de nuestro calendario cristiano?

Empiezo por la segunda pregunta. En la tradición cristiana, la cuaresma está ligada a la conversión, a la penitencia, al ayuno y la limosna. Sin embargo, es llamativo que con mucha frecuencia los mensajes para la Cuaresma, tanto de Juan Pablo II como de Benedicto XVI, insistan mucho en la justicia social. Me parece que esto se debe a una razón profunda, y es que sin la preocupación por los demás, la conversión personal se quedaría corta, más aún, no sería auténtica; porque convertirse a Dios significa salir de uno mismo para ir al encuentro del amor, que es el fundamento y el «motor» principal de toda justicia.

Pienso, además, que el Papa ha elegido el tema de la Justicia en conexión con su encíclica «Caritas in Veritate». No en vano afirma que la justicia más grande es la del amor, porque en sentido bíblico la justicia se identifica con la verdad, la santidad y el amor de Dios. Buscar en todo la justicia es vivir «la caridad en la verdad». Así que la Cuaresma es un tiempo oportuno para convertirse, comenzando por abandonar el pecado y buscar más hondamente el amor de Dios con todas sus consecuencias; y, por eso, es un tiempo para vivir la justicia: primero con Dios, también con uno mismo y con los demás. Sin Dios no hay justicia plena; sin la preocupación por los demás, no hay amor a Dios en el sentido pleno.

- El Papa nos habla de la injusticia como fruto del mal –que tiene raíces tanto internas como externas– así como de la fragilidad del hombre. ¿Cómo llegar a ser justos?

La justicia –según la tradición bíblica y cristiana– significa la conformidad con la verdad de Dios y la nuestra, con la de cada uno y los demás, y también con la realidad de las cosas creadas. Evoca el Papa que ya Ulpiano en el siglo III definió la justicia como «dar a cada uno lo suyo». Y señala Benedicto XVI algo importante que no se tiene presente con esa frase: que lo primero que nececesita el hombre es Dios. Por otra parte, cabría decir que la primera justicia es dar a Dios lo suyo, es decir, la gloria y la alabanza, la acción de gracias y el amor. Sólo así se es justo con uno mismo y los demás, buscando lo que nos corresponde como personas: en primer lugar, la belleza, el bien, la verdad que es Dios mismo, y al mismo tiempo, la solidaridad, ¡el pan! Y los demás bienes materiales, procurando para cada uno lo que precisa para vivir. En cristiano, justicia no es buscar «lo mínimo», sino amar, que es más bien lo contrario: buscar lo máximo que podamos dar de nosotros mismos, porque sólo así nos hacemos más parecidos a Dios; es decir, más justos. Por eso dice el Papa que la justicia debe ser «vivificada» por el amor.

-En este sentido, la Doctrina Social de la Iglesia está llena de contenido, pero acaso esta doctrina no parece interesar mucho a los políticos y gobernantes de hoy. ¿A qué se debe este desinterés?

Supongo que se debe, en muchos casos, a falta de conocimiento de esa gran riqueza de contenidos a la que te refieres. Quizá se piensa que la Doctrina Social es un conjunto de principios meramente teóricos que derivan de la fe, y por tanto, según algunos, de una visión «parcial», que no tiene por qué interesar a todos. Sin embargo, no es así. La sabiduría que se expresa máximamente en la persona y en las enseñanzas de Cristo, tiene un valor universal; esto lo han reconocido los sabios que han llegado a encontrarse con Cristo y por tanto a comprenderlo y a «vivir» de Él. Como lo ha vivido también la gente sencilla sin prejuicios laicistas ¡Qué bueno sería que muchos de nuestros gobernantes tuvieran una mente más abierta a la luz de Cristo! Por poner sólo dos ejemplos, el Derecho Internacional moderno tiene sus bases principales en la reflexión cristiana de Francisco de Vitoria, profesor de la escuela de Salamanca, en el s. XVI; otro cristiano, el inglés William Wilberforce, a principios del s. XIX consiguió la abolición de la esclavitud en el entonces Imperio Británico.

- ¿Qué es la «sed de justicia» de la que Jesús habla en las Bienaventuranzas? ¿Cómo se vive en la Iglesia?

Esa «sed de justicia» es, en último término, la que brota del mismo Corazón de Cristo: el deseo de que las personas conozcan y vivan el amor de Dios que se ha manifestado en la entrega de Jesús por todos y cada uno. Es la sed que consume también el corazón de los santos. La sed que les lleva, al mismo tiempo, a hacer más oración y a preocuparse más por todas las personas que les rodean, especialmente por los más pobres y necesitados. ¡Hay pobres que no tienen lo mínimo para subsistir, en lo material o en lo espiritual, y esto tiene que rompernos el corazón (y movernos a la acción)! Esto es lo que los cristianos vivimos, desde siempre, de muchos modos. Pero hoy existe una necesidad de que nos impliquemos todos mucho más. No sólo la Iglesia institucionalmente –como viene haciendo desde el principio–, sino cada comunidad cristiana: las familias, las escuelas, los grupos y movimientos, etc., comenzando por una verdadera conversión personal.

Fuente: iglesia.org

Feb-28-10

Preguntas frecuentes sobre la Cuaresma

posted by antonella

espiritu-santo

¿QUÉ ES LA CUARESMA?

Llamamos Cuaresma al período de cuarenta días (quadragesima) reservado a la preparación de la Pascua, y señalado por la última preparación de los catecúmenos que deberían recibir en ella el bautismo.

¿DESDE CUÁNDO SE VIVE LA CUARESMA?

Desde el siglo IV se manifiesta la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia. Conservada con bastante vigor, al menos en un principio, en las iglesias de oriente, la práctica penitencial de la Cuaresma ha sido cada vez más aligerada en occidente, pero debe observarse un espíritu penitencial y de conversión.

¿POR QUÉ LA CUARESMA EN LA IGLESIA CATÓLICA?

«La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto» (n. 540).

¿CUÁL ES, POR TANTO, EL ESPÍRITU DE LA CUARESMA?

Debe ser como un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales la Iglesia, proponiendo a sus fieles el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales, con la purificación del corazón, una práctica perfecta de la vida cristiana y una actitud penitencial.

¿QUÉ ES LA PENITENCIA?

La penitencia, traducción latina de la palabra griega metanoia que en la Biblia significa la conversión (literalmente el cambio de espíritu) del pecador, designa todo un conjunto de actos interiores y exteriores dirigidos a la reparación del pecado cometido, y el estado de cosas que resulta de ello para el pecador.

Literalmente cambio de vida, se dice del acto del pecador que vuelve a Dios después de haber estado alejado de Él, o del incrédulo que alcanza la fe.

¿QUÉ MANIFESTACIONES TIENE LA PENITENCIA?

«La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el AYUNO, la oración, la limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo, la intercesión de los santos y la práctica de la caridad «que cubre multitud de pecados» (1 Pedro, 4,8.).» (Catecismo Iglesia Católica, n. 1434).

¿ESTAMOS OBLIGADOS A HACER PENITENCIA?

«Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por la ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia.» (Código de Derecho Canónico, cánon 1249).

¿CUÁLES SON LOS DÍAS Y TIEMPOS PENITENCIALES?

«En la Iglesia universal, son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de cuaresma.» (Código de Derecho Canónico, cánon 1250).

¿QUÉ DEBE HACERSE TODOS LOS VIERNES DEL AÑO?

En recuerdo del día en que murió Jesucristo en la Santa Cruz, «todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.» (Código de Derecho Canónico, cánon 1251).

¿CUÁNDO ES CUARESMA?

La Cuaresma comienza el Miércoles de ceniza y concluye inmediatamente antes de la Misa Vespertina in Coena Domini. (jueves santo). Todo este período forma una unidad, pudiéndose distinguir los siguientes elementos:

1) El Miércoles de ceniza,

2) Los domingos, agrupados en el binomio, I-II; III, IV y V; y el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor,

3) La Misa Crismal y

4) Las ferias.

¿A QUÉ NOS INVITA LA IGLESIA EN LA CUARESMA?

la Iglesia persiste en invitarnos a hacer de este tiempo como un retiro espiritual en el que el esfuerzo de meditación y de oración debe estar sostenido por un esfuerzo de mortificación personal cuya medida, a partir de este mínimo, es dejada a la libertad generosidad de cada uno.

¿QUÉ DEBE SEGUIRSE DE VIVIR LA CUARESMA?

Si se vive bien la Cuaresma, deberá lograrse una auténtica y profunda CONVERSIÓN personal, preparándonos, de este modo, para la fiesta más grande del año: el Domingo de la Resurrección del Señor.

¿QUÉ ES LA CONVERSIÓN?

Convertirse es reconciliarse con Dios, apartarse del mal, para establecer la amistad con el Creador.

Supone e incluye la Confesión (ver el impreso Guía de la Confesión) de todos y cada uno de nuestros pecados.

Una vez en gracia (sin conciencia de pecado mortal), hemos de proponernos cambiar desde dentro (en actitudes) todo aquello que no agrada a Dios.

¿POR QUÉ SE DICE QUE LA CUARESMA ES UN “TIEMPO FUERTE” Y UN TIEMPO PENITENCIAL?

«Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de CUARESMA, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia. Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras).» (Catecismo Iglesia Católica, n. 1438)

¿CÓMO CONCRETAR MI DESEO DE CONVERSIÓN?

De diversas maneras, pero siempre realizando obras de conversión, como son, por ejemplo:

1. Acudir al Sacramento de la Reconciliación (Sacramento de la Penitencia o Confesión) y hacer una buena confesión: clara, concisa, concreta y completa.

2. Superar las divisiones, perdonando y crecer en espíritu fraterno.

3. Practicando las Obras de Misericordia.

¿CUÁLES SON LAS OBRAS DE MISERICORDIA?

Las Obras de Misericordia espirituales son:

Enseñar al que no sabe.
Dar buen consejo al que lo necesita.
Corregir al que yerra.
Perdonar las injurias.
Consolar al triste.
Sufrir con paciencia las adversidades y flaquezas del prójimo.
Rogar a Dios por los vivos y los muertos

Las Obras de Misericordia corporales son:

Visitar al enfermo.
Dar de comer al hambriento.
Dar de beber al sediento.
Socorrer al cautivo.
Vestir al desnudo.
Dar posada al peregrino.
Enterrar a los muertos.

¿QUÉ OBLIGACIONES TIENE UN CATÓLICO EN CUARESMA?

Hay que cumplir con el precepto del AYUNO y la ABSTINENCIA, así como con el de la CONFESIÓN y COMUNIÓN anual.

¿QUÉ ASPECTOS PASTORALES CONVIENE RESALTAR EN LA CUARESMA?

El tiempo de Cuaresma es un tiempo litúrgico fuerte, en el que toda la Iglesia se prepara para la celebración de las fiestas pascuales. La Pascua del Señor, el Bautismo y la invitación a la reconciliación, mediante el Sacramento de la Penitencia, son sus grandes coordenadas.

Se sugiere utilizar como medios de acción pastoral:

1) La catequesis del Misterio Pascual y de los sacramentos;

2) La exposición y celebración abundante de la Palabra de Dios, como lo aconseja vivamente el cánon. 767, & 3, 3).

3) La participación, de ser posible diaria, en la liturgia cuaresmal, en las celebraciones penitenciales y, sobre todo, en la recepción del sacramento de la penitencia: «son momentos fuertes en la práctica penitencial de la Iglesia» (CEC, n. 1438), haciendo notar que «junto a las consecuencias sociales del pecado, detesta el mismo pecado en cuanto es ofensa a Dios»; y,

4) El fomento de los ejercicios espirituales, las peregrinaciones, como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna y las obras caritativas y misioneras.

Fuente: iglesia.org

Tags: